ESTE MES HABLAMOS DE...LOS VERANOS CINÉFILOS(II)

 RECUERDOS CINÉFILOS DESDE MI INFANCIA A LA MADUREZ (II)

MI JUVENTUD: Las multisesiones del Esplai, hormonas locas, la UAB y los amores primerizos


Si la infancia es inocencia, la juventud es una batidora de emociones. Para mí, esta etapa no terminó a los 17; se alargó hasta los 21, mezclando los años del BUP, la entrada a la Facultad de Periodismo en la UAB, y las grandes revoluciones vitales. 

En los primeros años de esa década de los 80, nuestro punto de encuentro estival absoluto era el teatro del esplai. Allí, sentados en sillas de madera, proyectábamos películas de todo tipo... y cuando digo de todo tipo, lo digo en serio. Recuerdo perfectamente una tarde calurosa en la que se les ocurrió ponernos El proceso (1963), la densa adaptación de Kafka a la gran pantalla por Orson Welles ¿El resultado? Una desbandada general: a la media hora, la mitad de nosotros se había ido fuera a fumar y a charlar. Eran otros tiempos, la época en la que absolutamente todo el mundo fumaba, y refugiarse en el vestíbulo con un cigarrillo era el plan perfecto -con permiso de Kafka-. Todo cambiaba cuando tocaba sesión de aventuras puras, como Los tres mosqueteros (1973). Aquello sí que nos mantenía pegados a la silla, fascinados con las espadas y la elegancia de Faye Dunaway. Fue también en el esplai donde descubrí que el terror y la ciencia ficción de los 70 definitivamente no eran mis géneros preferidos. Nos proyectaron joyas como La profecía (1976) o La amenaza de Andromeda (1971), y el impacto fue tal que luego me costaba horrores dormir con la luz apagada. Por suerte, compensé esos miedos con el gran éxito del verano de 1983: Juegos de guerra. Vivir aquella intriga informática en plenas vacaciones con mis 16 años recién estrenados fue una auténtica pasada.


Ese mismo año, la cartelera nos regaló el fenómeno musical definitivo: Flashdance. Nos fascinaba su historia porque nos veíamos reflejadas en la protagonista como mujeres fuertes, luchadoras, que querian triunfar por méritos propios. Y casi sin recuperar el aliento, ese mismo septiembre llegó Rebeldes (1983) de Coppola. Pasamos de querer comernos el mundo a quedarnos completamente enamoradas de aquellos rebeldes con causa (Matt Dillon, Rob Lowe, Emilio Estévez, Patrick Swayze...). Verla en grupo fue el cierre dorado para el verano de mi paso a BUP, un año marcado también por las tardes con las amigas comentando el despertar sentimental exótico de El lago azul (1980), o aquel momento imborrable en el que di mi primer beso en una sala de cine, viendo En busca del fuego (1981).

Eran años de devorar títulos memorables que dominaban las carteleras estivales. Por un lado, nos fascinaba la imaginación y la evasión de grandes títulos de ciencia ficción y aventuras que hoy son mitos, como la magia eterna de E.T. El extraterrestre (1982), la atmósfera de culto de Blade Runner (1982) —estrenada un mes de agosto—, los gamberros Gremlins (1984) o la tensión de un thriller policíaco, Los intocables de Eliot Ness (1987). 

Por otro lado, buscábamos películas con protagonistas jóvenes, atrevidos, enamorados y llenos de sueños que nos hacían reír y suspirar, como Aquel excitante curso (1982), el magnetismo veraniego de Top Gun (1986) -con el recordado Maverick- o la entrañable Big (1988). Esas pantallas, de una forma u otra, nos identificaban plenamente. 

Pero además fue la época en la que empecé a descubrir las primeras películas europeas, uno títulos que comenzaron a abrir mis gustos cinematográficos mucho más allá de Hollywood y del cine meramente comercial. Poco después, a la puertas  de entrar en la Universidad, aquel despertar adolescente dio paso a una madurez mucho más apasionada. El cine también hablaba de erotismo con mayúsculas y una de mis favoritas de siempre pasó a ser Fuego en el cuerpo (1981).


Y entre tantas proyecciones llegó el año 1987. Fue un verano especial, coincidiendo con las primeras citas con el que años después sería mi pareja. Como no podía ser de otra manera, compartimos la pasión del cine muchas tardes de domingos estivales. Guardo un recuerdo imborrable de aquel septiembre y de cómo nos divertimos viendo El chip prodigioso. Por mi parte, me enamoré de Meg Ryan y pasó a ser una de las actrices míticas de mis años posteriores.

Con los 18 años llegó también el salto a la UAB. Allí, las aulas de Periodismo me abrieron la mente gracias a profesores que nos hablaban de historia contemporánea, y nos proyectaban películas. Una fue la controvertida, La naranja mecánica (1971). El cine ya no era solo entretenimiento; era una herramienta de análisis social. Fue la misma época en la que descubrí a Woody Allen en televisión, en los ciclos de importantes directores. Creo que llegué a ver mas de la mitad de su filmografía, fascinada por sus diálogos brillantes y esas neuras del autor que después viví en primera persona.

Me dejo tantas y tantas películas vistas en cines ya desaparecidos durante los veranos de los años 80 pero he recordado las mas emblemáticas para no cansaros (las tenéis casi todas reseñadas en el blog)... Films que me hicieron reír, pensar o, incluso, afligirme.

De cara al próximo post, ya os hablaré del cine visto en el verano de la madurez, y de cómo vivo el cine hoy en día, con las nuevas plataformas digitales.

Y vosotros, ¿tuvisteis una juventud cinéfila a tope? ¡Os leo en los comentarios!

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