John Ford, el director que reinventó el Western

Confieso que nunca me he sentido atraída por el cine del Oeste -así llamábamos a las películas de indios y vaqueros, hasta que la Real Academia española adaptó al diccionario el anglicismo Western, para denominar este género de forma aceptable-. 

Estas películas me aburrían, las consideraba anacrónicas y repetitivas. ¿Dónde estaba la gracia de ver a unos pocos "cowboys" siendo perseguidos por muchos indígenas (indios americanos a los que les habían arrebatado las tierras por puro colonialismo imperialista), todos a lomos de caballos, escenas repetidas, para hacer el efecto de mayor cantidad de extras en un mismo fotograma, y así, casi todo el metraje? Lo peor es que acababan victoriosos siempre los vaqueros, hecho que aún hacía más increíble el guión, que normalmente, no era demasiado laborioso. En realidad tenía que ser al contrario, por el numeroso elenco de Sioux, Apaches, Cheyenes que aparecían -de las más de 500 tribús, eran los más típicos en estas obras del género-, pero ya se sabe que el patriotismo estadounidense no lo podía permitir. 
Si alguna vez, los apaches o sioux ganaban una pequeña batalla, se les mostraba como salvajes, hablando un idioma que nadie entendía, y disparando flechas, cortaban cabelleras, quemaban las granjas de los colonos, violaban a las esposas de los vaqueros, y al final de la película, estos aguerridos ganaderos se vengaban, y arrasaban sus poblados, mataban a diestro y siniestro, se quedaban los búfalos de los pobres indígenas, y así hasta la próxima película.

Lo consideraba en un principio un cine anacrónico; de hecho se le considera el primer género desde que se inventó lo que hoy conocemos como cinematografía. En este blog ya hice una entrada sobre el nacimiento de lo que hoy son las películas como tal, y una de las primeras ficciones de western que se rodaron, fue un corto Asalto y robo a un tren, en 1903. El Western era el patito feo dentro de la historia del cine, porque en realidad no era un género en si, solo daba nombre a la zona occidental de los Estados Unidos de finales del SXIX, donde se desarrollaban estas historias tan lejanas en el tiempo, pasadas de moda, insustanciales e imparciales. 

Así pensaba, hasta que un día vi La diligencia (Stagecoach), dirigida  en 1939 por uno de los grandes de la historia del cine, un director de sangre irlandesa que se convirtió en una leyenda del Western, y que hizo cambiar radicalmente mi visión sobre este tipo de género cinematográfico. John Ford, un director legendario, que reinventó el cine del Oeste, y le dio un sincero sentido a la historia de América a través de sus películas.


La diligencia (1939) es una obra maestra, con un guión que se aleja de las típicas películas de las que ya he hablado anteriormente. No es solo un western de unos vaqueros que protegen una diligencia del ataque de los indios, para llegar a su destino, si no que John Ford realiza un trabajo psicológico, y nos introduce personajes -los viajeros de la diligencia-, con actuaciones adultas, y con interrelaciones entre ellos. 

Por ejemplo, la actriz Claire Trevor hace el papel de Dallas, una prostituta que ha sido expulsada de Arizona por la Liga de puritanos, y no tiene más alternativa que coger la diligencia que la lleva hasta Nuevo México. En contraposición, una frágil y embarazada mujer, la señora Mallory, esposa de un oficial de caballería, comparte el viaje con Dallas. En un momento de la película, se pone de manifiesto que Mallory que parecía conservadora no tiene prejuicios al ser atendida por Dallas en el momento que rompe aguas. 

Cada uno de los tripulantes parece lo que no es: un banquero que en realidad se ha llevado el dinero del banco donde trabajaba; un médico borracho que ha sido degradado por su mala praxis, y que ayudará a la embarazada a tener la criatura; una meretriz que es el personaje más empático y razonable de todos ellos; y un forajido llamado Ringo, papel que interpreta el actor fetiche de John Ford, John Wayne, que será quien logrará -con su puntería y su experiencia en esquivar a los apaches- llevar a buen puerto la diligencia. 

En el momento crucial, todos los viajeros se unen, a pesar de sus antagónicas personalidades. También hay que resaltar los diálogos que tienen entre ellos, cuando hacen las paradas en las postas durante el trayecto. Una obra magistral, que forma parte del TOP 10 en el género "Western", y que no hay que dejar de ver.

John Ford rodó casi 150 películas en sus 60 años de carrera profesional -muchas de ellas en la época muda del cine-, y aunque él mismo dijo en un discurso: "soy Ford, y hago westerns", la verdad es que hizo grandes películas de todos los temas: dramas, documentales, filmes bélicos, y crítica social. De esta índole, aunque era un hombre tosco y cínico -incluso, se le tachó de fascista y misógino-, tenía una forma particular de expresar el sentimiento de los más desfavorecidos, de las clases trabajadoras, y un gran amor por la tierra, posiblemente por sus orígenes irlandeses. Y todo ello lo reflejó en tres obras maestras, ganadoras de Oscars: Las uvas de la ira (1940); ¡Qué verde era mi valle!  de 1941 (a quien le guste llorar viendo cine, que prepare una caja de pañuelos) y El hombre tranquilo (1952).


Basada en la novela homónima de John Steinbeck, Las uvas de la ira es un drama de crítica social, sobre las penurias de los granjeros que tuvieron que abandonar sus tierras debido a una gran sequía que arrasó miles de hectáreas y que duró largos años. Coincidió además con la Gran Depresión del 29. Espléndido papel de Henry Fonda, como el hijo de una familia que tiene que emigrar hacia otras zonas de su mismo país, y allá donde van, descubren el racismo de sus conciudadanos, porque son los que vienen a ocupar, a quedarse el trabajo, los sin hogar -un tema que siempre está presente, no importa si hablamos del hoy o de hace un siglo, o si nos referimos a esos norteamericanos en camino hacia California, o a los migrantes del norte de África que llegan con pateras a las costas europeas en el siglo XXI-. 
Ford supo exprimir todo el jugo de esta obra, mostrando las desigualdades, el sufrimiento de los desheredados para poder sobrevivir, y encontrar un lugar donde asentarse. Las uvas de la ira le valió el Oscar como Mejor director, y el filme obtuvo el Oscar a mejor actriz de reparto para Jane Darwell, en el papel de una madre coraje que empuja literalmente la carreta familiar. 

A esta inolvidable película, le siguió la dirección de ¡Qué verde era mi valle!, toda una oda a la patria, al esfuerzo de las clases trabajadoras y a la esperanza de un mañana mejor. En 1941, John Ford recrea un pueblo minero de Gales -en los estudios de Fox Ranch, en Malibú, y en los exteriores del Valle de Santa Mónica, en Estados Unidos- y vuelve a presentarnos una familia, los Morgan, sus costumbres, sus alegrías y sus penurias. Todo ello a través del más pequeño de la saga, Huw (papel que recayó en un jovencísimo Roddy McDowall), que inicia el filme en voz en off , trasladando la historia en un flashback a su infancia, una alegoría de un pasado en un Gales verde (la felicidad antes de estar ennegrecida por el tóxico aire de las minas de carbón). 

La sencillez de una familia, las discusiones entre los hijos y el padre (interpretado por Donald Crisp, ganador al Oscar como Mejor actor secundario) por la explotación de los dueños de la mina -el patriarca se opone a ir a la huelga y los hijos dejan de hablarle, menos el pequeño, que es quien nos narra los hechos-. Este aspecto de crítica social, está presente en las películas de Ford. 
La presencia femenina de la única hermana entre seis chicos varones, Angharad, papel que interpreta una fascinante Maureen O'Hara -actriz irlandesa que se convirtió en la musa del director, y que la dirigiría en otras tantas películas-, llena la pantalla de optimismo y belleza. La madre -actriz Anna Lee- (al igual que lo fue la protagonista de Las uvas de la ira, Jane Darwell, una madre fuerte y persistente)- es el laisser faire contrapuesto a la rigidez del esposo; la ternura de los primeros años, el sosiego en los momentos más duros. 

La película, aunque rodada en B/N, tiene la  luz de los sentimientos de los personajes; es  una obra maravillosa, que te deja con el gusanillo de volverla a ver más tarde o más temprano. Por ello, fue ganadora del Oscar a mejor filme. John Ford volvió a ganar merecidamente la estatuilla como Mejor director.

El hombre tranquilo de 1952 es todo un clásico que esta dentro de mi recuerdo, y recupera mi pasión por la maestría de Ford. En este filme, el director cuenta con John Wayne y Maureen O'Hara, como protagonistas principales de la historia, y movido por la nostalgia -quizás quedó tocado debido a su experiencia en la II Guerra Mundial-, se va a rodar a la Irlanda de sus raíces.

John Wayne hace el papel de un irlandés, Sean Thornton, afincado en Estados Unidos, que vuelve a la tierra que le vio nacer -puede ser en cierta manera, un reflejo autobiográfico del mismo Ford-, para escapar de un pasado que le atormenta como ex-boxeador, y acabar sus días tranquilo en la mítica Innisfree (el lugar es ficticio).
Thornton se enamora de la preciosa pelirroja Mary Kate Danaher, hermana de uno de sus archienemigos de juventud, personaje que encarna Maureen O'Hara. Ambos tienen escenas muy divertidas, porque son dos personalidades con mucho carácter, tozudos, y arrebatadoramente actractivos. Una boda inacabada; un combate de boxeo entre los dos acérrimos rivales, convertidos en cuñados, por culpa de la dote; una carrera de caballos (la expresión de la potencia sexual, en aras de la censura); lugareños pintorescos; paisajes verdes, casas empedradas y costas irlandesas. Llegar, conquistar, y pelear por lo que deseas hasta conseguirlo. Magnífica película que queda en los anales de la historia del cine. 

John Ford, cogió los bártulos, y de Irlanda viajó hacia África, donde se llevaría a cabo la realización de Mogambo (1953). Dirigió a Clark Gable, Grace Kelly y a Ava Gardner -a la cual estuvo martirizando, ya que él hubiese escogido a Maureen O'Hara para ese papel, pero la productora se negó rotundamente-. Es una de las primeras películas en las que se graba en escenarios naturales para dar más realismo y atractivo, y atraer al público a los cines.



Mogambo (que en swahili significa pasión) es una historia que mezcla la aventura de los safaris en la sabana africana, con la historia de un triángulo amoroso entre un cazador (Gable), dueño de un hotel-bungalow, y que se dedica a mostrar las maravillas de los parajes exóticos a los turistas adinerados, una mujer afincada en el hotel, temperamental y de exuberante belleza, sin pelos en la lengua, cínica, sabia en las experiencias de la vida, y dada a beber más de la cuenta, enamorada del macho, -por supuesto, no podía ser otra que Ava Gardner, el animal más bello del mundo-; y la tercera en discordia, una recién llegada a la salvaje jungla, en compañía de su "esposo", y que con su hermoso y elegante porte, sus cabellos rubios y sus ojos azules, dejará K.O. el corazón del aguerrido explorador. El juego está servido, y no voy a desvelar quien de las dos se lleva la presa de caza.

Una anécdota que algunos no sabíamos es que la censura española para que no se pusiera de manifiesto el adulterio entre los protagonistas -el cazador y la damisela-, cambió los diálogos en el doblaje, convirtiendo al que era en la ficción el esposo de Grace Kelly en su hermano (¿entonces, no sería un incesto que compartieran bungalow y cama?). 

En fin, suerte que Mr. Ford no se enteró de esta indigencia cultural, propia del fascismo de la España de la dictadura franquista, pues con su mal carácter, ¡les hubiese echado toda la caballería por encima (ironía on)!.

De temática bélica, Ford dirigió a John Wayne en Escrito bajo el sol, una biografía basada en un amigo suyo, Frank Wead, aviador que quedó paralítico en la época de la I Guerra mundial por culpa de un accidente. Llegó a ser un importante guionista de Hollywood. Su esposa en la ficción volvió a ser la actriz Maureen O'Hara.

Para acabar, dos imperdibles del género del Western, que me fascinaron, y que reafirmaron mi idea de que John Ford había creado un nuevo estilo de cine del Oeste: 

Centauros del desierto, dirigida en 1956, con un elenco de grandes estrellas: su actor fetiche, John Wayne acompañado por una joven Natalie Wood, que ya se había reafirmado como una gran actriz en Hollywood por Rebelde sin causa; Ward Bond (que había trabajado anteriormente en El hombre tranquilo) y Jeffrey Hunter, como conocidos actores de reparto.

Wayne regresa a casa unos años después de la guerra de Secesión -antes no se sabe qué ha hecho ni dónde ha estado-, y se encuentra que los indios han arrasado con todo, han matado a sus seres queridos -especial hincapié en el papel de su cuñada, de la que supuestamente siempre estuvo enamorado, motivo suficiente para huir de un imposible-, y han raptado a su sobrina Debbie (Wood). Empieza una búsqueda incesante por los desiertos de Monument Valley hasta encontrarla, y vengarse de la muerte de sus familiares. En un corte de guión, transcurridos cinco años, encuentra a Debbie (Natalie Wood) completamente integrada con los comanches, hecho que aún le pone más furioso contra ella y contra su destino. Se da cuenta que su propósito sería contraproducente Debbie, que se siente acogida en una nueva familia. El personaje de Wayne es más racista que nunca, un desarraigado, que ha roto los lazos por razones obvias, y cabalga solo. 

"El problema no es la sangre, sino el estilo de vida. Si un indio vive como un blanco, si un mestizo vive como un blanco, es aceptado por los blancos. El enemigo son los otros, los que no aceptan el sistema, los indios que no se han enterado de que han sido invadidos, de que su tierra ya no es suya. Realmente, si hubiera que hacer una revisión moderna de Centauros del desierto cabría planteársela antes que nada como una parábola sobre la lucha entre el capitalismo contra el naturalismo ecologista de los indios americanos" (Carlos Aimeur).

En 1989, la película fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada para su preservación en el National Film Registry

El último gran Western de Ford, El hombre que mató a Liberty Valance cerraría el ciclo del género clásico, nacido de la maestría de este hito del cine norteamericano. Es una película diferente a las que nos tenía acostumbrado John Ford: no hay persecuciones de indios y vaqueros; tampoco hay aventuras en los desiertos de Monument Valley. Lo primordial es la historia de los personajes, y sus diálogos. Queda la leyenda, y desaparece el personaje representado tantas veces en aquel vaquero incansable, mítico, a veces forajido, otras justiciero. Rodada en 1962, con dos estrellas del firmamento de Hollywood: James Stewart y por supuesto, John Wayne, es una película a modo de despedida del director, y deja en la memoria su magnífica obra fílmica para siempre. Los personajes, como en anteriores filmes, son antagónicos, pero hay bondad en sus actos, respeto hasta el final, unión frente a la maldad. 
No recuerdo quien mató a Liberty Valance, si disparó Stewart o Wayne; lo que sí sé es que John Ford me enseñó a amar el western. 

Comentarios

  1. Magnífico reportaje sobre JOHN FORD , estoy contigo en que descubrí el mundo del cine por este director,y esa obra maestra "LA DILIGENCIA" . Y las que vinieron después me reafirmaron en la opinión de que todos los western no eran iguales y que FORD fue el maestro en este género.
    Nunca me canso de ver una y otra vez todas sus películas y siempre descubres algo nuevo en ellas.
    Un saludo afectuoso.

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    1. Muchas gracias Anthony. Me alegro que te haya gustado y comparto contigo lo que explicas. Son películas eternas, que podrías ver en diferentes épocas y siempre te van a a emocionar. Como tu bien dices, son OBRAS MAESTRAS. Saludos y mucha suerte

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